ÍNDICE
Prefacio
9
Introducción
15
CAPÍTULO 1
Los poderes mágicos de la Biblia
27
CAPÍTULO 2
La Magia Moderna 41
CAPÍTULO 3
El libro secreto de los Egrégores
63
CAPÍTULO 4
La vida, la muerte y las doce energías
del Universo 77
CAPÍTULO 5
Batalla por el Superhombre
89
CAPÍTULO 6
La vidente de los 57 caminos
113
CAPÍTULO 7
La sabiduría de un pastor de
cabras
125
CAPÍTULO 8
La ciencia de los seres invisibles 143
CAPÍTULO 9
Las 55 dimensiones de Dios 163
CAPÍTULO 10
La misión espiritual
171
CAPÍTULO 11
La religión mágica del encumenismo
acuariano 179
Anexo
Sobre los libros de Eric Barone, una orientación 211
capítulo 2
LA MAGIA MODERNA
...o mi encuentro con Ken, el Maestro de la Voz
Mi
viaje comenzó en Los Ángeles. Envié un fax al número que el Magister
Liroluvilui, en su oportunidad, me había indicado. Otro fax me respondió que a
partir del día siguiente estuviera preparado para viajar en helicóptero desde
el aeropuerto de esa ciudad. Yo sería contactado por el piloto mismo.
Así
ocurrió. Un joven asiático que parecía conocerme perfectamente me abordó apenas
me vio; el helicóptero estaba listo para el viaje. Por costumbres asiáticas o
por ser de psicología taciturna, lo cierto es que mi interlocutor respondía a
mis preguntas en el límite de lo que la gentileza le imponía. En general,
repetía la frase: “El Maestro de la Voz no me ha autorizado a responderle”.
Luego
de una hora y media de viaje ví que íbamos a aterrizar sobre un acantilado.
Cuando pregunté al piloto si la casa donde íbamos estaba alejada, logré
arrancarle la única sonrisa de todo el viaje: “Hemos llegado. La casa del
Maestro de la Voz está abajo de nosotros”.
En efecto, la casa de Ken tenía la “dimensión” de su
dueño. Como su vida, estaba suspendida de un acantilado. Cuando se descubre esa
casa en la cima de esa pendiente, se percibe extraña, magnífica, secreta.
Tiempo atrás, Ken, el misterioso destinatario a quien me
dirigía por indicación del Magister, había descubierto un acantilado asomado
sobre una bahía minúscula situada entre Los Ángeles y la frontera mexicana.
Había constatado que ese acantilado estaba perforado por múltiples
subterráneos. Grutas y ventanas de roca daban sobre el mar.
Tribus indígenas habían transformado antiguamente el
lugar en territorio sagrado. Dibujos rituales cubrían las paredes, pero lejos
de pensar en explotarlo como lugar turístico, Ken lo compró junto con varias
hectáreas de terreno con una idea muy firme que había madurado largamente en su
cerebro. Con la colaboración de algunos obreros, había hecho agrandar tres o
cuatro grutas que daban sobre una pequeña bahía desde donde se veían las más
extraordinarias puestas de sol de América. Había preservado las ventanas
naturales, pero transformado el espacio según las necesidades de su confort y
trabajo. Los vidrios que había hecho colocar no provocaban ningún reflejo y,
vistos desde el exterior, desde una embarcación, por ejemplo, no denunciaban que las grutas
estaban habitadas: sólo se percibía una
simple pared rocosa. Una galería natural descendía al nivel de la playa, y
habiéndola descubierto él mismo, construyó su morada muy cerca.
Desde
las alturas su casa no era más visible que desde el mar, ya que el techo estaba
constituido por la cima del acantilado, y un peatón hubiese tenido solamente la
impresión de ver un promontorio de rauda caída. Espesos matorrales de malezas y
árboles espinosos bordeaban la propiedad, disimulando el alto muro que
circundaba el parque privado de Ken. El lugar pasaba definitivamente
inadvertido para los que transitaban esa zona.
No
existía ninguna abertura en la muralla que permitiera un acceso por tierra.
Sólo se podía llegar a la casa por aire o por agua. Una pequeña plataforma
permitía aterrizar a su helicóptero y el amarradero era invisible debido a que
estaba disimulado en una gruta. De hecho Ken, de haberlo querido, hubiera sido
uno de los mejores expertos en camuflaje de la armada americana.
No
lo ocultemos: Ken es un millonario americano, entre los más excepcionales y los
menos conocidos. Cuando yo visito con él alguno de sus laboratorios subterráneos,
me doy cuenta de que están llenos de descubrimientos, que no serán dados a
conocer hasta después de varias generaciones, ya que, según él, la civilización
actual entraría en una crisis de tal magnitud si los conociese ahora, que las
consecuencias socio económicas serían desastrosas.
Magister Liroluvilui me había dado como instrucción que
presentara a Ken el dibujo central de su sello. Así fue como escuché la
narración más extraordinaria de mi vida. Ken, el taciturno llamado “Maestro de
la Voz” por sus empleados, me contó una parte de su vida como una obligación
esotérica, antes de pasar a las iniciaciones que fui a implorar.
Él
era el extraño fruto de dos padres no menos raros. Su madre había sido muda y
su padre ciego; habían habitado en el bosque canadiense. Tuvieron la
particularidad de haber nacido el mismo día, a la misma hora, en el mismo
momento, durante una violenta tempestad que había impedido que la partera
pudiera llegar a ninguna de las dos cabañas.
Fue
así como ambas parturientas, cada una aislada en su casa, había parido a solas,
y cortado por sí misma el cordón umbilical (primera de todas las iniciaciones a
la vida) mientras los dos padres habían partido a cazar.
El
niño ciego se había transformado en el único amigo de la niña muda y habían
sido los mejores compañeros de infancia, más unidos que si fueran hermanos. A
medida que crecían, su belleza aumentaba, y cuando el pueblo los veía ir a la
iglesia los domingos, o al hacer sus pobres compras en los negocios de la
villa, las comadres callaban sus parloteos. La gente del pueblo, que los conocía
desde su nacimiento, sentía estrechársele el corazón al ver a la chiquilla
conduciendo al joven ciego y a éste reproduciendo en voz alta los pensamientos silenciosos de la joven muda.
La
piedad se transformó en admiración con el transcurso de los años. Cuando
llegaron a la adolescencia, la eclosión de su belleza los hizo la más hermosa
pareja que la gente jamás hubiera visto. En la iglesia él hablaba de la Biblia,
aunque nunca la había leído, y mucha gente lloraba.
Ella
tocaba la flauta traversa que le había regalado un día un mercader de paso. Sin
ningún estudio musical, sino evidentemente por una suerte de poder secreto,
sabía arrancar del instrumento sonidos tan admirables que los pájaros venían a
escucharlos con fascinación.
En
ese ambiente, fruto de un amor extraño y profundo, había nacido Ken. Heredó a
la vez el dominio de la voz que tenía su padre, y la fuerza del silencio que
tenía su madre. Era un perfecto equilibrio entre dos fuerzas opuestas, y ese
equilibrio hacía mover montañas.
Muchachito silencioso, no hablaba más que para decir
cosas importantes o para modificar a los seres que lo rodeaban. En la escuela
era capaz de permanecer inexorablemente silencioso durante toda una clase,
dejando que su maestro enfureciera y tomara su negativa a comunicarse como un
insulto. Habitualmente le eran
suficientes tres frases de síntesis justo treinta segundos antes que
sonara la campana para fulminar a maestro y alumnos. Mostraba con esa
intervención que no se contentaba sólo con haber comprendido al maestro, sino
que también había corregido algunos conceptos del autor del texto.
Los
profesores, comprendiendo lo excepcional del niño, se sometían rápidamente,
confrontados a una situación ineluctable: alguien y algo que iban más allá de
lo comprensible, un ser que parecía alejado de todo aquello que fuera humano.
Ken
no tenía amigos; los chicos no hablaban con él. No provocaba simpatía pero
tampoco miedo. Pasaba como un fantasma inadvertido y, sin embargo, sus
compañeros sabían que con una frase era capaz de reducir al estado de bebé
lloroso al peor de ellos.
Tampoco
los profesores se arriesgaban. Ése era el poder más evidente, pero no el único
del que Ken disponía. Él era el “Maestro de la Voz”. Los sonidos que manipulaba
tan raramente entre dos períodos de silencio
tomaban la dimensión del grito de una piedra o de la tempestad en las montañas,
según lo que le conviniera expresar.
Nadie
conversaba con Ken, no porque se lo detestara, sino porque nadie llegaba a
comprender los conceptos que animaban su vida, y nadie resistía emocionalmente
esa voz humana, que podía parecer todo menos la de un niño de ocho años.
Tenía
exactamente esa edad cuando se desató el drama de su vida. Pero, ¿era un drama
o un plan tácitamente convenido entre sus padres y él?
Una
mañana, su madre lo abrazó muy fuerte, y su padre le entregó ceremoniosamente
un libro escrito por él mismo. Le explicó que ese libro había sido redactado
previendo ese día. Le había costado mucho trabajo. Había inventado un medio
para no mezclar los renglones: talló una rama de árbol de tal manera que tomaba
la forma de una pequeña regla de sección triangular y abrió delicadamente en
ella una ranura en la que introducía la parte superior de cada hoja aislada
sobre la cual iba a escribir. Escribía la primera línea y, al llegar al final
de la hoja, comenzaba a enrollarla alrededor de la regla. Esta delimitaba así
una segunda línea, y así sucesivamente para cada una. Sí, mucho trabajo se
había tomado...
Ken
era conciente de todo esto. Sabía, o suponía, que algo grave debía suceder ese
día. Su madre le dio una pequeña mochila llena
de alimentos y le mostró que
dentro de un bolsillo minúsculo disimulado en su interior, había una reserva de
piezas de oro. Un par de zapatos y sus mejores vestimentas se encontraban
guardados en el fondo de la mochila. El niño, pareciendo totalmente cómplice de
sus padres, partió hacia las cercanías del río... Volvió hacia la tarde.
En
el camino de regreso no se sorprendió cuando vio que los vecinos lo miraban
asombrados, tampoco incluso de las muchas mujeres supersticiosas que apartaban
sus hijos de él. Los hombres, con el ceño fruncido, dirigían sus miradas al
sendero que conducía a su casa. Pero, ¿cuál casa? Apenas quedaba un cuadrado de
cenizas, ni siquiera calientes, en el lugar donde había estado su vivienda. No
había ningún rastro de los padres de Ken. No quedaba ni un solo objeto
metálico, ni un trozo de madera a medio consumir. Nadie había visto nada, pues,
de lo contrario, todos los vecinos habrían ido a socorrer, como es costumbre en
el campo cuando se incendia una granja.
La aventura del pequeño Ken estaba comenzando, o al menos
había pasado a su segunda fase. La casa de sus padres y ellos mismos habían
desaparecido como consumidos en una sola llamarada, sin fuego, sin calor ni
humo. El sabía que sus padres no habían muerto, no sentía ninguna sorpresa,
ninguna emoción, ni tampoco inquietud.
Los
vecinos se preguntaban qué debían hacer con el niño. Ken oyó al Alcalde que
proponía enviarlo a un orfanato.
El niño lo miró con aire autoritario, se agachó
lentamente, tomó un puñado de tierra, se acercó al alcalde y, mostrándoselo, le
dijo con una voz fuerte que sorprendió a todos los campesinos: “Tu casa está
aquí; la mía está allá -y señaló el cielo y las montañas-. ¡Dejadnos a mi alma
y a mí seguir nuestro camino!”. El hombre
quedó estático, las lágrimas corrieron sobre sus mejillas. Clavó su
mirada, fija, como paralizada, con los ojos amargos, sobre el puñado de tierra:
había reconocido las palabras y la voz del más joven de sus hijos, al que él
había maldecido una noche y que había muerto a la madrugada siguiente, sin que
nadie hubiera podido descubrir el motivo.
El
pequeño Ken tomó su mochila y, mientras los vecinos se apartaban
silenciosamente a su paso sin atreverse a preguntarle adónde iba, comenzó a
caminar. Desapareció a lo lejos, detrás de las colinas, dejando que la gente se interrogara acerca de
su suerte, incapaces de tomar ninguna decisión.
La
familia de Ken había desaparecido, y él mismo desapareció rápidamente. El
olvido total comenzó a caer y el origen del muchachito se convirtió en un tema
tabú que los campesinos evitaban evocar, sin saber por qué.
La
historia de Ken es larga, pero, reducida a una sola frase, ella ilustrará el
poder mágico de la voz humana.
El
niño caminó largo tiempo. Iba al azar pero sin dudar, como si siguiera a un ser
invisible que le indicaba la senda. Estudiaba el libro de su padre. No contenía
ninguna filosofía o consejos morales, solo desplegaba un amplio abanico de
instrucciones. Había sonidos que él debía repetir largas horas, imágenes que
debía imponer a su conciencia, complicadas posiciones de manos y respiraciones
difíciles. Ken aprendió a dar una fuerza extraordinaria a su pensamiento. Su
padre le enseñaba a través del libro cómo emplear su tercer cuerpo invisible,
el cuerpo de la acción sobre el mundo exterior, para organizar las situaciones
que le serían favorables. El mismo libro enseñaba al hijo cómo despertar su
segundo feto, el de la glándula tiroides, bien distinto del chacra de la
garganta, gracias al cual Ken tuvo la voz del poder a su disposición.
Cuando
llegó al primer poblado importante, convenció a un viejo y cansado zapatero
remendón de que compartiera con él su lugar de trabajo y de prestarle sus
herramientas y materiales a cambio de la mitad de lo que ganara.
Cuando
los clientes veían al niño no podían evitar hablarle y esperaban deseosos sus
respuestas. El pequeño decía aquello que le pasaba por el espíritu con una voz
que parecía cantar pero, en realidad, cada respuesta, que cincelaba con una
metáfora, respondía al problema más importante que torturaba a su cliente.
Ninguno de sus interlocutores comprendía el contenido del mensaje al instante,
pero a lo largo de los días y las noches que seguían a ese momento, la frase
viajaba dentro de su inconsciente y arrancaba las malvadas hierbas de la
neurosis.
Ninguno
de los burgueses de la villa imaginaba por un solo instante la relación que
existía entre el niño y la curación. Pero su inconsciente manifestaba su
reconocimiento obligándolos a ofrecer al muchachito una comida, un postre o
alguna ropa.
Desde
el primer día de su llegada al poblado, se le presentó a Ken el problema de su albergue. Lo solucionó de
un modo extraño y estrechamente relacionado con su misión. Caminaba al azar por
la villa, guiado por su tercer cuerpo sutil, cuando vio a un niño en una casa
de muñecas, hecha a su medida, bajo la vigilancia de su madre. El chiquillo
tenía la mirada perdida en el vacío y la madre un aire muy triste. Él padecía
cierto retraso mental y ella quería ayudarlo a progresar intentando hacerlo
jugar. Ken entró en el jardín y comenzó a hablarle al chico. La mujer, viéndolo
vestido correctamente lo dejó hacer sin
esperar nada, porque nadie, anteriormente, había podido hacer algo por su hijo.
Pero
esta vez se equivocaba; vio que su hijo salía solo de la pequeña casa de
muñecas por primera vez, venía a abrazarla y volvía a partir. Se puso a llorar
de sorpresa y se arrodilló cerca de una de las ventanas para observar qué era
lo que podía pasar entre Ken y su hijo.
El
pequeño visitante hablaba al niño, y éste sonreía pareciendo comprenderle. El
chiquillo se puso a dibujar mientras Ken cantaba con palabras que la madre no
llegaba a comprender. Se animó y empezó a cantar con Ken, pero eran canciones
en un lenguaje incomprensible, una lengua que la mujer, aunque instruida, jamás
había oído.
Cuando cayó la noche, ella llamó al niño para que entrara
a la casa. Ken, se dirigió hacia la puerta del jardín dispuesto a irse.
Súbitamente, el niño comenzó a llorar, llamaba a Ken, pero la madre,
confundida, no podía pedir a ese desconocido que se quedara con ellos.
Ella
tomó entonces a su hijo en sus brazos y, desesperada, vio que su criatura
volvía a estar exactamente como antes, sin reacciones, sin iniciativas.
Al
día siguiente, el niño estuvo todo el tiempo silencioso, casi sin moverse, sólo
se animó a la tarde cuando vio a Ken entrar nuevamente al jardín.
La
madre comprendió que él era el único que podía tener influencia sobre su hijo
como para curarlo. Intentó saber más sobre el joven desconocido, pero éste
permanecía poco comunicativo. De pronto Ken la miró profundamente a los ojos,
concentrando más poder en un instante del que emplearía un hipnotizador en una
vida, y le contó una historia que la señora aceptó al momento. En efecto, la
voz de Ken había bloqueado todas las facultades críticas de la mujer, y
probablemente, uno de los seres invisibles que acompañaban al pequeño sanador
había ido a posesionarse de uno de los centros
nerviosos de su interlocutora.
El viajero le mostró un papel de su bolsillo que había
preparado para la ocasión. Ella lo leyó y le pareció encontrar la confirmación
a la historia escuchada. Creyó leer que la tía de Ken lo enviaba a la ciudad, a
la casa de una de sus hermanas, a la que ella no veía desde
hacía largos años; pero según decía el jovencito, el edificio en el que
aquélla vivía había sido destruido y reemplazado por oficinas municipales. Ken
estaba entonces perdido y pedía albergue por el momento.
En
realidad, el papel no tenía nada escrito, era sólo un trozo de hoja en blanco.
La mujer había sido hipnotizada, y estaba lista para recibirlo bajo su techo.
Toda su alma esperaba que este joven sanador pudiera curar a su hijo. Y así
fue.
Ken
se transformó en cadete de un comerciante a quien convenció de que tenía cinco
años más que su edad real. Luego, llegó también a convencer a una dama de la
alta sociedad para que abriera un curso de literatura en el cual, gracias a sus
comentarios sobre la poesía inglesa, las jóvenes mujeres comenzaron a escribir
obras de alta imaginación, sin darse cuenta un solo instante que era la voz de
Ken la que despertaba en ellas las capacidades dormidas.
Comenzó
a ganar dinero en gran cantidad hasta poder abrir una cuenta bancaria, gracias
a un escribano a quien apenas tuvo necesidad de influir presentándole falsos
certificados de nacimiento.
El
viejo hombre, corto de vista, otorgó al adolescente una mayoría de edad
suficiente como para recibir a cambio un puñado de oro y representarlo en los
actos jurídicos y operaciones comerciales que éste planeaba emprender.
El
joven abrió su primera sociedad en la que comercializó un sistema inventado por él mismo, que permitía suprimir
las neurosis por medio de la sugestión. Se trataba de un instrumento que
amplificaba una vibración producida por un disco que daba vueltas en su mano.
Era un pequeño cono que se aplicaba sobre zonas del cuerpo, chacras, puntos de
acupuntura, como también en zonas que no representaban ni uno ni lo otro, zonas
que la medicina china, aunque milenaria, también ignoraba. Este aparato
permitía actuar sobre cualquiera de los dieciocho cuerpos y corregir problemas
energéticos originados por los estados neuróticos.
Ken
no se arriesgó a solicitar una patente de invención. Cualquier ingeniero
industrial se hubiera dado cuenta de que este aparato funcionaba en obediencia
a leyes que la civilización moderna todavía no había descubierto. Por suerte,
los pacientes de Ken no eran ingenieros industriales, sino solamente gente que
sufría e imploraba ser curada.
Cuando
aparecieron el fonógrafo y los primeros discos Ken comenzó a ganar más dinero.
Tenía entonces apenas quince años y componía en esa época canciones curativas.
Sus discos, que eran puestos sobre los viejos tocadiscos a manivela, parecían
cantados por una voz de tenor, pero Ken los había grabado él mismo a todos.
Las canciones podían parecer tristes o alegres y
empleaban textos que no tenían nada de original para la época, pero los sonidos
de la voz de Ken accionaban sobre el sistema óseo de los que escuchaban,
creando masajes internos muy poderosos, a nivel de los cuerpos energéticos; y
Ken trabajaba directamente en un chacra por medio del sonido.
Un aspecto de esa voz tenía el poder de convocar seres
invisibles. La mayoría de las veces eran seres de una jerarquía refinada que
operaban invisiblemente en el espíritu y la mente de sus oyentes. Ninguno de éstos imaginaba que esos
discos de moda, tan triviales, obraban en su cerebro, y que sus dieciocho
cuerpos tenían una multitud de pequeñas inteligencias curativas. Los que
escuchaban, cantaban y repetían las melodías, dando así más fuerzas a sus
sanadores invisibles.
Ken
aumentó su fortuna de una manera considerable cuando terminó la puesta a punto
de un amplificador de voz del que produjo un solo ejemplar. Se presentó en un
diario dedicado a la agricultura, y haciéndose pasar por cadete de una empresa,
hizo publicar un anuncio que comunicaba
que, gracias a la tecnología aplicada para su fabricación, y a la más pura
tradición chamánica, este aparato hacía llover. Ofrecía él sus servicios para
combatir la sequía. Inocentemente, con un deseo mágico, algunos agricultores
preocupados pidieron probar el aparato y los servicios ofrecidos. El aviso
afirmaba que el pago se haría sólo en caso de tener éxito.
El
joven Ken llegó en un vetusto carro, vestido con un traje sobrio que le
agregaba unos años más. Sacó su material, lo aseguró sobre su trípode, pidió
al agricultor que se alejara y encendiera un fuego en el cual quemaría el
paquete de hierbas que Ken le había dado.
Efectivamente,
el agricultor había puesto toda su atención en las hierbas que Ken había
arrancado al azar por el camino, y se interesaba un poco menos en las
actividades del recién llegado. Ken realizaba diferentes rituales sobre el
aparato e iba lanzando sonidos extraños que el portavoz amplificaba. Ninguna
persona hubiera podido decir si se trataba de un pájaro desconocido, de una
máquina que se destruía, o de un ser humano que sufría. Pero ante los
campesinos asombrados, las nubes se acumularon, el viento sopló, el cielo se
cubrió, y, en menos de media hora, la lluvia cayó.
El joven volvía cargado de dólares y cada vez con más
mercadería que revendía en la ciudad. El máximo poder de Ken operaba sobre la
multitud.
Se
convirtió en escritor, impresor y vendedor de sus propios libros. Siempre se
hacía pasar por empleado de una empresa de la cual era, realmente, el único
propietario, gerente y trabajador. Si escribía sobre cocina y hacía un libro de
recetas, combinaba los alimentos de tal manera que tenían un valor curativo a
la vez que gastronómico. Si escribía un libro científico, debía poner mucha
atención porque su imaginación transportada por sonidos le dictaba las fórmulas
y las leyes que la ciencia descubriría mucho después.
Una vez se le escapó un escrito tecnológico muy avanzado,
pero se dio cuenta justo a tiempo de su error y decidió cambiar la
portada, imprimiendo encima de la línea del título la frase: “Libro de Ciencia Ficción”.
portada, imprimiendo encima de la línea del título la frase: “Libro de Ciencia Ficción”.
Cuando
alguien leía uno de esos libros le parecía oír una voz que le leía al oído. En
efecto, los libros de Ken eran... criaturas vivientes. Ellos eran como sonidos
congelados en formas, pero siempre listos para convertirse nuevamente en
sonidos comprensibles cuando una mente imaginativa los recibiese.
Aquel
que quería aprender, aprendía mejor. Aquel que compraba un libro para soñar,
soñaba más constructivamente y se modificaba. Aquel que compraba uno de esos
libros para aprender a construir una casa, lo aprendía, y sin saberlo, era
orientado hacia una arquitectura bioenergética, donde los materiales están en
total armonía. Una casa construida según sus planos permitía poner el cosmos en
relación con la tierra, para mayor bien del hombre.
En poco tiempo, Ken amasó una gran fortuna, haciendo
inversiones con el poder que había recibido en herencia. Se convirtió en un
adulto de veinte, luego de treinta, y después
de cincuenta años, viviendo
aventuras extraordinarias. Era como un hombre invisible, alguien que pasaba inadvertido. Ése era su
principio y su obligación. Él representaba el saber de otras dimensiones y no
tenía derecho a provocar confusión entre el hombre y ese saber. Prefería que la
lógica de la humanidad continuara funcionando en el vacío, atribuyendo a la
publicidad aquello que en realidad se debía a palabras de poder disimuladas en
la imagen: creer que es un fertilizante el que acelera el crecimiento de las
plantas, en lugar de suponer que son las inteligencias invisibles convocadas
por la bendición hecha sobre el fertilizante.
Ken encarnaba ese principio de todos los iniciados: no
puede haber una alta iniciación sin una profunda humildad. Así logró ejercer una acción profunda pero
invisible sobre la humanidad, y decidió un día vivir mucho más cerca de la
naturaleza: encontró un lugar que la naturaleza hacía vibrar. Eligió aquel
sagrado lugar indígena.
Cuando
visitaba las cavernas con los muros pintados, los cantos sutiles del pasado
respondían a los cantos secretos que él les
lanzaba. Ken descubrió así que había podido vivir entre las almas descarnadas siglos antes. Sintió una profunda armonía entre él y ese acantilado.
lanzaba. Ken descubrió así que había podido vivir entre las almas descarnadas siglos antes. Sintió una profunda armonía entre él y ese acantilado.
Como no quería ningún intruso, hipnotizó a algunos
obreros mexicanos a los que condujo en barco hasta esa playa, luego les
proporcionó él mismo los materiales, con su helicóptero, hasta el más mínimo
necesario. Los obreros estaban convencidos de estar trabajando en
algún otro lugar de México, mientras que en realidad estaban en
California. Su patrón pasaba por un extraño mexicano de ojos azules, aunque se
trataba de un canadiense. Cuando terminaron los trabajos y volvieron a partir
cada uno con una fuerte suma de dinero, olvidaron toda la historia y se les
borró hasta el último recuerdo de ese loco que quería vivir a solas sobre un
acantilado.
Ese
mismo loco, de quien yo sabía que era un gran iniciado (así me lo había enseñado el Magister Liroluvilui
en nuestra última comunicación), me hacía ahora el honor de recibirme y tomarme
como discípulo exactamente por setenta y dos horas, según me había dicho. Eso
quería decir que yo tenía un capital de tres días y noches para recorrer un
camino que buscaba desde hacía treinta años.
Ken
me aclaró que esas setenta y dos horas serían divididas en varias entrevistas
en las cuales él no iba a repetir dos veces las mismas ideas y ni siquiera las
mismas palabras. Eso implicaba que yo dispusiera de la más profunda
concentración que hubiera podido tener jamás. Finalmente me recomendó visitar a
varios iniciados que él mismo me indicaría, y después pude comprobar que, pese
a la brevedad de los contactos, la coordinación que iba a hacer Ken de mi
peregrinaje iniciático iba a durar varios meses.
Hubo
veces que necesitó ir y volver en helicóptero para beneficiarme con una
entrevista de apenas treinta minutos. Pero en ellas aprendí más que en muchas
anteriores reencarnaciones. Gracias a Ken y a la influencia del Magister
Liroluvilui.
Trataré de reproducir ahora lo más fielmente
posible las enseñanzas de Ken:
-Hubo un tiempo en que la
comunicación entre los hombres y los seres invisibles se producía con fluidez.
Los hombres hablaban el lenguaje de los pájaros, como lo dicen los
textos de la Edad Media.Ahora han perdido ese lenguaje. Tantas son
las necesidades cotidianas del hombre, que lograron volverlo sordo a los gritos
de sus dieciocho cuerpos espirituales. Los idiomas son culpables de haber hecho
involucionar a la humanidad; las sutiles palabras del sánscrito han degenerado,
y sus descendientes se volvieron tan pesadas que dejaron de hacer mover los
objetos energéticos que sus conceptos designaban. Sobrevivió un poco el
hebreo, pero su
sentido mágico se ha ocultado
detrás de las fuerzas oscurantistas u orgullosas del hombre, que vuelven ciegos
a los científicos respecto de la ciencia del mundo visible.
Nunca olvides que tu conciencia es como una semilla,
mientras tu espíritu alcanza las alturas de las montañas.
¿Puede una semilla tomar conciencia de la montaña sobre
la cual está creciendo? Nunca. Sólo podrá abrazar la luz del sol y bañarse en
la energía de la tierra. Piensa en crecer, en transformarse en planta.
Piensa en reproducirse cuando el
instinto de la naturaleza la persigue. Crea una familia de ingenuas semillitas.
Luego, cuando ve a sus propios padres disecarse
y retornar a la tierra, se resigna a la muerte y los sigue frustrada por
no haber descubierto la chispa de eternidad que dormía en ella. Si la semilla
tomara conciencia de este ciclo alquímico, podría sospechar
cuál es la potencia que mueve todo el universo, y lograría percibir un breve
reflejo de Dios. Tú te comportas como esa semilla. Tus pies son como raíces y
allí creces sin poder moverte; el bosque que te rodea es tu universo y ni
sospechas del universo que rodea al bosque. Por este motivo, olvidas AL
SUPERHOMBRE QUE DUERME EN EL HOMBRE DORMIDO. ¡Sal un poco de la prisión de tus
sentidos! Tú eres tierra, como la roca y los campos fértiles. Esta tierra
formada con las mismas moléculas que tú se transformó en tu sangre, hueso,
carne y cerebro, mediante la otra alquimia de la alimentación. Tu cuerpo creó
la inteligencia neuronal basada sobre los primitivos sentidos neuronales y
sostenidos por los intercambios químicos del mismo cuerpo. Pero ningún gurú de
la psicología ha podido todavía
explicar qué son, sencillamente, el amor, las emociones, el instinto, la fe, el genio o el poder de la mente. Es por haber olvidado que cada planta resume en ella no sólo los minerales de la tierra y el agua de las fuentes, sino también la energía invisible del cosmos y la sangre invisible que hace vivir a tu planeta.
explicar qué son, sencillamente, el amor, las emociones, el instinto, la fe, el genio o el poder de la mente. Es por haber olvidado que cada planta resume en ella no sólo los minerales de la tierra y el agua de las fuentes, sino también la energía invisible del cosmos y la sangre invisible que hace vivir a tu planeta.
El mayor error de la ciencia en particular y del hombre
en general es haber olvidado que a cada mundo visible corresponde, tal como
reflejo en un espejo, otro mundo, el invisible. Tienes que descubrir que nada
ocurre en tu pequeño universo, el de tus sentidos neuronales, que no provenga
de este mundo que tus sentidos desconocen. Luego, en un sin fin de
causas/consecuencias, invariablemente regresa al mismo mundo invisible donde el
hecho o la circunstancia saltó tal como un delfín del agua. Lo que las escuelas
iniciáticas han hecho hasta ahora es justamente lo contrario de lo que han
hecho las escuelas científicas. La ciencia trató de encerrar el universo entre
los límites de la percepción, mientras la mística y el esoterismo intentaban
expandir nuestras percepciones hacia los confines del cosmos, es decir, al
infinito. Esta disparidad de dos caminos opuestos ha generado graves trastornos
sociológicos como las barreras entre oriente-occidente, que son
científico-religiosas. Esta dicotomía es causa de profundas líneas de fracturas
en el hombre mismo: racional-irracional, y peor que todo lo anterior, la
enfermedad mental misma. Este cáncer del alma resulta de una percepción
fragmentada de la psiquiatría o, al menos, de la neuro-psiquiatría.
Quien estableció que la psique del
hombre es sólo neuronal nos encaminó a pensar que la solución de la enfermedad
sería, entonces, química. ¿Por qué desdeñar la idea de que la psique es de
constitución binaria, a la vez neuronal y suficientemente bioenergética como
para desorientar a los apóstoles científicos de lo visible? Quien lo admita
comprenderá por qué el sólo hecho de tratar la kundalini de una persona
depresiva puede lograr lo que ningún anti depresivo consiguió. Si el problema
de un hombre es bioenergético, ¿no es incongruente esperar sanarlo con
productos químicos? ¿e inversamente? ¿y no te parece evidente que si toda
enfermedad física o mental es de doble índole, un tratamiento de una sola
cualidad siempre fracasará?
¿Quieres una profecía apocalíptica intelectual? Si en
pocos años tu Humanidad no llega a fundir en un mismo crisol la psicología con
la parapsicología, las dos desaparecerán; por las mismas razones, que si un
dictador loco separara definitivamente la especie masculina de la femenina,
condenaría a la humanidad a su desaparición. Tampoco hay que hacer como los que
definieron el consciente como “excremento del cuerpo neuronal”, y el
inconsciente como “orgasmo del cuerpo espiritual”. Los dos tuvieron razón, pero
confundieron el todo con la parte.
El hombre no es uno, sino dos. Si desdeñas el cuerpo
físico, el ser que lo habita se irá pronto; si desdeñas el cuerpo bioenergético,
el ser físico que lo transporta se enfermará y morirá después de largos e
incomprensibles sufrimientos. En conclusión: si quieres evitar definitivamente
tal crimen, debes entonces admitir que hay equivalencia de valor absoluta entre
Psicología y Bioenergía; la segunda siendo la operadora oculta de la primera,
que sólo tiene un valor semántico. El equilibrio mental del hombre es asunto de
bioenergía y no más de lingüística. No cometas el mismo error que la
epistemología que se auto condena por rehusarse a comprender la esencia de
los descubrimientos científicos, es
decir, “la intuición”. La intuición es el susurro del ser bioenergético al oído
intelectual del cuerpo neuronal. Las emociones son sus latidos y el genio, su
goce. Todas las percepciones extrasensoriales son facultadas por algunos de los
sesenta sentidos de sus dieciocho cuerpos, mientras los “poderes” tan deseados
constituyen las capacidades físicas del ente bioenergético que todos
contenemos.
Algunos propusieron imitar la sabiduría de los chamanes y
se inyectaron algunas drogas para poder escapar de la cárcel de los sentidos...
pero los paraísos creados eran más artificiales que lo que suponían. Un chamán
que desea contactarse con el ser bioenergético que lo habita no utilizaría la parte
química de la planta que sólo puede convenir al cuerpo neuronal. El que sabe,
utiliza el espíritu de esa planta, es decir, su ser invisible, con cuerpo hecho
de energías, que mora escondido en la planta misma. El chamán sabe, aunque no
lo expresa, que para viajar en otras dimensiones se necesita que el ser
invisible que todos escondemos pueda disociarse del ser tridimensional, es
decir, de nuestro cuerpo neuronal. Éste era el secreto insoportable y mejor
guardado del ocultismo.
Dentro de nosotros, en cada componente de nuestra
humanidad tan narcisista, se esconden tantos seres invisibles como seres
humanos. Estos seres tienen vida propia. ¿Nunca pensaste que cuando tu cuerpo
degusta una sencilla manzana, hay dentro de ti otro ser que absorbe la energía
de vida de esa manzana y que vive de esa fuerza invisible? La anatomía de este
ser bioenergético se compone de siete órganos principales o pilares de la
bioenergía, que es indispensable que conozcas desde ahora si quieres que el
viaje de tu conciencia neuronal acabe en buen puerto dentro de ese ser
interior. El cuerpo de tu habitante invisible está conformado por tus chacras,
tus meridianos, tu kundalini, tus dieciocho cuerpos, tus cuatro fetos, tu
glándula pineal y tu tercer ojo. Si quieres ser un buen médico del alma,
recuerda que nada ocurrirá en tu cuerpo físico sin ser a la vez causa-
consecuencia de alguna acción-reacción en ese ser invisible.
Acabo de leer en tu mente que deseas preguntarme de cuál
energía estoy hablando: -Sí, de ella-, esa energía que se ha llamado, según
las épocas y los países,“magnetismo universal”, “vril”, “prana”,
“conciencia cósmica”, “orgón”, “feng shui”, “energía vital”, “espíritu santo”
y, por qué no, “bio-energía”. ¿Es eso una idea que te molesta? Tú, que creíste
siempre ser uno sólo, “uno mismo” como decías, descubres que eres “dos”...
¡Cuán terrible debe ser para ti! Querías ir al encuentro
de tu Yo tal como Amundsen del Polo Sur...Así será. Pero si hay un Polo Sur es
porque también existe un Polo Norte. Si tienes una personalidad cerebral en un
cuerpo neuronal es porque también tienes y eres un cuerpo bioenergético. Nunca
más podrás esperar que `conquistar tú Yo´ signifique volver consciente tú
inconsciente, sino que querrá decir hacer trabajar en armonía tus dos cuerpos,
tus dos seres y tus dos conciencias. Conquistar tú Yo significará, de ahora en
adelante, emplear tus sesenta sentidos, nutrir a la vez los dos cuerpos,
constantemente sanar al visible y al invisible; porque cada enfermedad que
asole a uno de ellos será el reflejo del sufrimiento del otro. Deberás pensar
con tus dos cerebros, y por fin... podrás comunicarte con el mundo invisible en
general, porque el único traductor de tus intenciones neuronales hacia el mundo
invisible será tu cuerpo y cerebro de bioenergía.
Comprende por fin que tu cerebro neuronal está sólo en
contacto con el mundo que perciben tus cinco sentidos mientras que tu cerebro
bioenergético es tan amplio como el Universo que refleja.
Nunca más, por ejemplo, intentarás ver a un ángel por el
sencillo motivo de que ellos no tienen cuerpo y no lo necesitan para existir.
Son pura energía inteligente. Si deseas verlos deberás pedirles hipnotizarte y
mostrarse como tú querías percibirlos. Armado de este nuevo poder, que es
apenas lo normal de todo ser completo,
deberás reconsiderar todos
tus conceptos, ideas y creencias sobre todos los temas que pensabas como
importantes. Empieza por ejemplo por cambiar tu visión de los textos sagrados.
Contesta a mi pregunta: ¿crees que llamamos así a textos históricos
eventualmente destinados a reactivar alguna tradición en tu memoria? ¿o piensas
que son textos verdaderamente vivientes? ¡Ponlos a prueba! Dios no necesita que
creas en Él, sino que pruebes su poder.
¿Qué han hecho las religiones hasta ahora? Sólo han
disimulado tan celosamente la verdadera sabiduría, que han logrado perder el mensaje científico que los
seres de otras dimensiones habían comunicado a través de los textos sagrados.
Por instinto de supervivencia, los creadores de las religiones han generado un poder social y político que
logró, simultáneamente, “conservar” la letra mediante tradiciones tanto
rigurosas como misteriosas, y “ocultar” el sentido bioenergético que
vehiculizaban. Para poder leer estos mensajes debes abrir tu mente neuronal
como nunca supiste hacerlo hasta ahora. Debes olvidar
todo prejuicio, por ejemplo, hacia las palabras. Las palabras “Magia” y
“Ocultismo” te dan miedo y te fascinan, pero la emoción del miedo, tal como
todas las otras emociones en general, es de composición binaria. Viene en parte
del cuerpo bioenergético y en parte del cuerpo neuronal. Reemplaza “Magia” y
“Ocultismo” por “ciencia de la comunicación” y “operatividad de las energías sutiles”. Para poder descifrar la
ciencia energética escondida en varios textos sagrados de civilizaciones
distintas, debes descubrir la clave única que ellos empleaban para describir
una misma realidad. Estoy diciendo que una sura del Corán, una frase de las
Vedas y un versículo de la Biblia o de la Tora pueden, a la vez, ser diferentes
en la forma de expresarse y simultáneamente representar la misma energía, es
decir, un ángel. Lo propio de todos los textos sagrados es que cada frase fue
dictada por un ángel a un profeta y en ellas quedan grabadas los medios de
volver a comunicarse con el mundo angelical, que es intemporal, independiente
de las divisiones políticas y sociales. Es el verdadero legado del mundo
invisible a vuestro mundo de humanos.
Evidentemente, sólo un medio de lectura del invisible
puede permitir descubrir estas equivalencias. La parte ignorante de la
humanidad llama a esto “clarividencia”. En realidad, la clarividencia es sólo
la resultante de una combinación de varios de nuestros sesenta sentidos, y su manifestación en la conciencia, una
interferencia que se produce entre el cerebro bioenergético y la red neuronal.
Para algunos una picazón en la mano significa el “sí” a una pregunta, mientras
una depresión energética en el chacra coronario significa lo contrario. Este
nivel de contestación binario que da el cuerpo bioenergético a las preguntas de
la mente neuronal es sólo el primero de los tres niveles de contestación
posibles. Pero es suficiente para revolucionar toda sabiduría humana por los
siglos de los siglos. Los niveles siguientes son como paquetes de información
arquetípica o metafórica para el segundo, y para el
tercero, la percepción del más
alto plano causal, es decir, la visión profunda de los planos de Dios.
Ellos permiten comprender la causa de todo lo que ocurre en nuestro mundo
visible como consecuencia de alguna intención, decisión o movimiento gestado en
el plano invisible.
Para que tu cuerpo neuronal pueda
traducir un mensaje en un lenguaje directamente comprensible por tu ser
invisible, debes utilizar varios medios vibratorios. Tu cerebro bioenergético
tiene un gran defecto que es también una ventaja, depende de cómo lo emplees.
Para él, PENSAR ES ACTUAR. Cuando un hombre es pesimista, sin darse cuenta, su
cerebro neuronal da la orden a su cerebro bioenergético de captar una gran cantidad
de esa energía de muerte que nos rodea a todos, (igualmente que la energía de
vida). El mismo cerebro neuronal obliga al cerebro bioenergético a crear un
puente de tipo psicotrónico, es decir, un canal energético producido por el
poder de la mente, entre el puerto de entrada de la energía de muerte (cuarta y
quinta vértebra lumbar) y, por ejemplo, el corazón. Cada vez que piensa
negativamente, el hombre aspira más cantidad de energía de muerte. Sin que se
dé cuenta, mediante la repetición diaria alternada con el sueño natural, dicho
mecanismo se automatiza, es decir, se vuelve habitual, aunque hayamos dejado de
activarlo. Día tras día, noche tras noche, el ser se envenena, haciendo crecer
un cáncer de energía de muerte en el plano energético, sobre un órgano que
parece sano en el plano físico.
¿Quién ganará? Depende de los acontecimientos.
Si el hombre no cambia su forma de vida, si no estudia yoga o materias
favorecedoras de la bioenergía, si no practica mentalismo y, por el contrario,
constantemente desdeña a ese ser bioenergético que está envenenando,
posiblememente muera. Si el hombre tiene mucha fe, se abrirán chacras en sus
manos y en otros lugares del cuerpo, y captará mucha más energía de vida.
Cuanto más tiempo tarde la humanidad en asumir esto, más tardará en aprender a respetar la existencia de su ente
bioenergético, y este último manifestará su desacuerdo con
múltiples dolencias. Es un problema que
los hombres llamarán
en el futuro “Educación básica del arte de vida”.
Si el hombre no aprende a interrumpir este puente y revertirlo, si se deja
convencer de que debe morir de un ataque al corazón, así será... No porque
debía ser así, sino porque lo quiso. Éste es el poder de sugestión que la
sociedad condicionada ejercita sobre el cerebro neuronal del hombre, que tiene,
además, un pésimo empleo de la relación entre los dos cerebros. Comprendes
entonces el fundamento del pensamiento positivo. PENSAR ES ACTUAR, pero sólo en
el cerebro bioenergético, no en el neuronal. Así descubres por qué el cuerpo
del hombre es producto de lo que come y el cerebro bioenergético, producto de
lo que piensa.
Repentinamente,
Ken suspendió la
charla y me mostró la tapa de un
libro que me hizo imaginar algo escrito por mí sobre el tema de los dos cerebros.
Me fui asombrado, siempre me había parecido que el peso de un cerebro era
difícil de asumir por un hombre, ¡pero dos!...
“LEA
TODO EL LIBRO EN SU PLATAFORMA DIGITAL HABITUAL”

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