Los Poderes Mágicos de la Biblia

 
ÍNDICE
Prefacio                                                                                                     9
Introducción                                                                                             15
CAPÍTULO 1
Los poderes mágicos de la Biblia                                                             27
CAPÍTULO 2
La Magia Moderna                                                                                   41
CAPÍTULO 3
El libro secreto de los Egrégores                                                             63
CAPÍTULO 4
La vida, la muerte y las doce energías del Universo                               77
CAPÍTULO 5
Batalla por el Superhombre                                                                      89
CAPÍTULO 6
La vidente de los 57 caminos                                                                   113
CAPÍTULO  7
La sabiduría de un pastor de cabras                                                       125
CAPÍTULO  8
 La ciencia de los seres invisibles                                                           143
CAPÍTULO 9
Las 55 dimensiones de Dios                                                                    163
CAPÍTULO 10
La misión espiritual                                                                                171
CAPÍTULO 11
La religión mágica del encumenismo acuariano                                   179
Anexo
Sobre los libros de Eric Barone, una orientación                                 211
capítulo 2
LA MAGIA MODERNA
...o mi encuentro con Ken, el Maestro de la Voz
                      
 
Mi viaje comenzó en Los Ángeles. Envié un fax al número que el Magister Liroluvilui, en su oportunidad, me había indicado. Otro fax me respondió que a partir del día siguiente estuviera preparado para viajar en helicóptero desde el aeropuerto de esa ciudad. Yo sería contactado por el piloto mismo.
Así ocurrió. Un joven asiático que parecía conocerme perfectamente me abordó apenas me vio; el helicóptero estaba listo para el viaje. Por costumbres asiáticas o por ser de psicología taciturna, lo cierto es que mi interlocutor respondía a mis preguntas en el límite de lo que la gentileza le imponía. En general, repetía la frase: “El Maestro de la Voz no me ha autorizado a responderle”.
Luego de una hora y media de viaje ví que íbamos a aterrizar sobre un acantilado. Cuando pregunté al piloto si la casa donde íbamos estaba alejada, logré arrancarle la única sonrisa de todo el viaje: “Hemos llegado. La casa del Maestro de la Voz está abajo de nosotros”.
En efecto, la casa de Ken tenía la “dimensión” de su dueño. Como su vida, estaba suspendida de un acantilado. Cuando se descubre esa casa en la cima de esa pendiente, se percibe extraña, magnífica, secreta.
Tiempo atrás, Ken, el misterioso destinatario a quien me dirigía por indicación del Magister, había descubierto un acantilado asomado sobre una bahía minúscula situada entre Los Ángeles y la frontera mexicana. Había constatado que ese acantilado estaba perforado por múltiples subterráneos. Grutas y ventanas de roca daban sobre el mar.
Tribus indígenas habían transformado antiguamente el lugar en territorio sagrado. Dibujos rituales cubrían las paredes, pero lejos de pensar en explotarlo como lugar turístico, Ken lo compró junto con varias hectáreas de terreno con una idea muy firme que había madurado largamente en su cerebro. Con la colaboración de algunos obreros, había hecho agrandar tres o cuatro grutas que daban sobre una pequeña bahía desde donde se veían las más extraordinarias puestas de sol de América. Había preservado las ventanas naturales, pero transformado el espacio según las necesidades de su confort y trabajo. Los vidrios que había hecho colocar no provocaban ningún reflejo y, vistos desde el exterior, desde una embarcación, por  ejemplo, no denunciaban que las grutas estaban habitadas: sólo se  percibía una simple pared rocosa. Una galería natural descendía al nivel de la playa, y habiéndola descubierto él mismo, construyó su morada muy cerca.
Desde las alturas su casa no era más visible que desde el mar, ya que el techo estaba constituido por la cima del acantilado, y un peatón hubiese tenido solamente la impresión de ver un promontorio de rauda caída. Espesos matorrales de malezas y árboles espinosos bordeaban la propiedad, disimulando el alto muro que circundaba el parque privado de Ken. El lugar pasaba definitivamente inadvertido para los que transitaban esa zona.
No existía ninguna abertura en la muralla que permitiera un acceso por tierra. Sólo se podía llegar a la casa por aire o por agua. Una pequeña plataforma permitía aterrizar a su helicóptero y el amarradero era invisible debido a que estaba disimulado en una gruta. De hecho Ken, de haberlo querido, hubiera sido uno de los mejores expertos en camuflaje de la armada americana.
No lo ocultemos: Ken es un millonario americano, entre los más excepcionales y los menos conocidos. Cuando yo visito con él alguno de sus laboratorios subterráneos, me doy cuenta de que están llenos de descubrimientos, que no serán dados a conocer hasta después de varias generaciones, ya que, según él, la civilización actual entraría en una crisis de tal magnitud si los conociese ahora, que las consecuencias socio económicas serían desastrosas.
Magister Liroluvilui me había dado como instrucción que presentara a Ken el dibujo central de su sello. Así fue como escuché la narración más extraordinaria de mi vida. Ken, el taciturno llamado “Maestro de la Voz” por sus empleados, me contó una parte de su vida como una obligación esotérica, antes de pasar a las iniciaciones que fui a implorar.
Él era el extraño fruto de dos padres no menos raros. Su madre había sido muda y su padre ciego; habían habitado en el bosque canadiense. Tuvieron la particularidad de haber nacido el mismo día, a la misma hora, en el mismo momento, durante una violenta tempestad que había impedido que la partera pudiera llegar a ninguna de las dos cabañas.
Fue así como ambas parturientas, cada una aislada en su casa, había parido a solas, y cortado por sí misma el cordón umbilical (primera de todas las iniciaciones a la vida) mientras los dos padres habían partido a cazar.
El niño ciego se había transformado en el único amigo de la niña muda y habían sido los mejores compañeros de infancia, más unidos que si fueran hermanos. A medida que crecían, su belleza aumentaba, y cuando el pueblo los veía ir a la iglesia los domingos, o al hacer sus pobres compras en los negocios de la villa, las comadres callaban sus parloteos. La gente del pueblo, que los conocía desde su nacimiento, sentía estrechársele el corazón al ver a la chiquilla conduciendo al joven ciego y a éste reproduciendo en voz alta los  pensamientos silenciosos de la joven muda.
La piedad se transformó en admiración con el transcurso de los años. Cuando llegaron a la adolescencia, la eclosión de su belleza los hizo la más hermosa pareja que la gente jamás hubiera visto. En la iglesia él hablaba de la Biblia, aunque nunca la había leído, y mucha gente lloraba.
Ella tocaba la flauta traversa que le había regalado un día un mercader de paso. Sin ningún estudio musical, sino evidentemente por una suerte de poder secreto, sabía arrancar del instrumento sonidos tan admirables que los pájaros venían a escucharlos con fascinación.
En ese ambiente, fruto de un amor extraño y profundo, había nacido Ken. Heredó a la vez el dominio de la voz que tenía su padre, y la fuerza del silencio que tenía su madre. Era un perfecto equilibrio entre dos fuerzas opuestas, y ese equilibrio hacía mover montañas.
Muchachito silencioso, no hablaba más que para decir cosas importantes o para modificar a los seres que lo rodeaban. En la escuela era capaz de permanecer inexorablemente silencioso durante toda una clase, dejando que su maestro enfureciera y tomara su negativa a comunicarse como un insulto. Habitualmente le eran  suficientes tres frases de síntesis justo treinta segundos antes que sonara la campana para fulminar a maestro y alumnos. Mostraba con esa intervención que no se contentaba sólo con haber comprendido al maestro, sino que también había corregido algunos conceptos del autor del texto.
Los profesores, comprendiendo lo excepcional del niño, se sometían rápidamente, confrontados a una situación ineluctable: alguien y algo que iban más allá de lo comprensible, un ser que parecía alejado de todo aquello que fuera humano.
Ken no tenía amigos; los chicos no hablaban con él. No provocaba simpatía pero tampoco miedo. Pasaba como un fantasma inadvertido y, sin embargo, sus compañeros sabían que con una frase era capaz de reducir al estado de bebé lloroso al peor de ellos.
Tampoco los profesores se arriesgaban. Ése era el poder más evidente, pero no el único del que Ken disponía. Él era el “Maestro de la Voz”. Los sonidos que manipulaba tan raramente entre dos  períodos de silencio tomaban la dimensión del grito de una piedra o de la tempestad en las montañas, según lo que le conviniera expresar.
Nadie conversaba con Ken, no porque se lo detestara, sino porque nadie llegaba a comprender los conceptos que animaban su vida, y nadie resistía emocionalmente esa voz humana, que podía parecer todo menos la de un niño de ocho años.
Tenía exactamente esa edad cuando se desató el drama de su vida. Pero, ¿era un drama o un plan tácitamente convenido entre sus padres y él?
Una mañana, su madre lo abrazó muy fuerte, y su padre le entregó ceremoniosamente un libro escrito por él mismo. Le explicó que ese libro había sido redactado previendo ese día. Le había costado mucho trabajo. Había inventado un medio para no mezclar los renglones: talló una rama de árbol de tal manera que tomaba la forma de una pequeña regla de sección triangular y abrió delicadamente en ella una ranura en la que introducía la parte superior de cada hoja aislada sobre la cual iba a escribir. Escribía la primera línea y, al llegar al final de la hoja, comenzaba a enrollarla alrededor de la regla. Esta delimitaba así una segunda línea, y así sucesivamente para cada una. Sí, mucho trabajo se había tomado...
Ken era conciente de todo esto. Sabía, o suponía, que algo grave debía suceder ese día. Su madre le dio una pequeña mochila llena  de  alimentos y le mostró que dentro de un bolsillo minúsculo disimulado en su interior, había una reserva de piezas de oro. Un par de zapatos y sus mejores vestimentas se encontraban guardados en el fondo de la mochila. El niño, pareciendo totalmente cómplice de sus padres, partió hacia las cercanías del río... Volvió hacia la tarde.
En el camino de regreso no se sorprendió cuando vio que los vecinos lo miraban asombrados, tampoco incluso de las muchas mujeres supersticiosas que apartaban sus hijos de él. Los hombres, con el ceño fruncido, dirigían sus miradas al sendero que conducía a su casa. Pero, ¿cuál casa? Apenas quedaba un cuadrado de cenizas, ni siquiera calientes, en el lugar donde había estado su vivienda. No había ningún rastro de los padres de Ken. No quedaba ni un solo objeto metálico, ni un trozo de madera a medio consumir. Nadie había visto nada, pues, de lo contrario, todos los vecinos habrían ido a socorrer, como es costumbre en el campo cuando se incendia una granja.
La aventura del pequeño Ken estaba comenzando, o al menos había pasado a su segunda fase. La casa de sus padres y ellos mismos habían desaparecido como consumidos en una sola llamarada, sin fuego, sin calor ni humo. El sabía que sus padres no habían muerto, no sentía ninguna sorpresa, ninguna emoción, ni tampoco inquietud.
Los vecinos se preguntaban qué debían hacer con el niño. Ken oyó al Alcalde que proponía enviarlo a un orfanato.
El niño lo miró con aire autoritario, se agachó lentamente, tomó un puñado de tierra, se acercó al alcalde y, mostrándoselo, le dijo con una voz fuerte que sorprendió a todos los campesinos: “Tu casa está aquí; la mía está allá -y señaló el cielo y las montañas-. ¡Dejadnos a mi alma y a mí seguir nuestro camino!”. El hombre  quedó estático, las lágrimas corrieron sobre sus mejillas. Clavó su mirada, fija, como paralizada, con los ojos amargos, sobre el puñado de tierra: había reconocido las palabras y la voz del más joven de sus hijos, al que él había maldecido una noche y que había muerto a la madrugada siguiente, sin que nadie hubiera podido descubrir el motivo.
El pequeño Ken tomó su mochila y, mientras los vecinos se apartaban silenciosamente a su paso sin atreverse a preguntarle adónde iba, comenzó a caminar. Desapareció a lo lejos, detrás de las colinas,  dejando que la gente se interrogara acerca de su suerte, incapaces de tomar ninguna decisión.
La familia de Ken había desaparecido, y él mismo desapareció rápidamente. El olvido total comenzó a caer y el origen del muchachito se convirtió en un tema tabú que los campesinos evitaban evocar, sin saber por qué.
La historia de Ken es larga, pero, reducida a una sola frase, ella ilustrará el poder mágico de la voz humana.
El niño caminó largo tiempo. Iba al azar pero sin dudar, como si siguiera a un ser invisible que le indicaba la senda. Estudiaba el libro de su padre. No contenía ninguna filosofía o consejos morales, solo desplegaba un amplio abanico de instrucciones. Había sonidos que él debía repetir largas horas, imágenes que debía imponer a su conciencia, complicadas posiciones de manos y respiraciones difíciles. Ken aprendió a dar una fuerza extraordinaria a su pensamiento. Su padre le enseñaba a través del libro cómo emplear su tercer cuerpo invisible, el cuerpo de la acción sobre el mundo exterior, para organizar las situaciones que le serían favorables. El mismo libro enseñaba al hijo cómo despertar su segundo feto, el de la glándula tiroides, bien distinto del chacra de la garganta, gracias al cual Ken tuvo la voz del poder a su disposición.
Cuando llegó al primer poblado importante, convenció a un viejo y cansado zapatero remendón de que compartiera con él su lugar de trabajo y de prestarle sus herramientas y materiales a cambio de la mitad de lo que ganara.
Cuando los clientes veían al niño no podían evitar hablarle y esperaban deseosos sus respuestas. El pequeño decía aquello que le pasaba por el espíritu con una voz que parecía cantar pero, en realidad, cada respuesta, que cincelaba con una metáfora, respondía al problema más importante que torturaba a su cliente. Ninguno de sus interlocutores comprendía el contenido del mensaje al instante, pero a lo largo de los días y las noches que seguían a ese momento, la frase viajaba dentro de su inconsciente y arrancaba las malvadas hierbas de la neurosis.
Ninguno de los burgueses de la villa imaginaba por un solo instante la relación que existía entre el niño y la curación. Pero su inconsciente manifestaba su reconocimiento obligándolos a ofrecer al muchachito una comida, un postre o alguna ropa.
Desde el primer día de su llegada al poblado, se le presentó a Ken  el problema de su albergue. Lo solucionó de un modo extraño y estrechamente relacionado con su misión. Caminaba al azar por la villa, guiado por su tercer cuerpo sutil, cuando vio a un niño en una casa de muñecas, hecha a su medida, bajo la vigilancia de su madre. El chiquillo tenía la mirada perdida en el vacío y la madre un aire muy triste. Él padecía cierto retraso mental y ella quería ayudarlo a progresar intentando hacerlo jugar. Ken entró en el jardín y comenzó a hablarle al chico. La mujer, viéndolo vestido correctamente lo  dejó hacer sin esperar nada, porque nadie, anteriormente, había podido hacer algo por su hijo.
Pero esta vez se equivocaba; vio que su hijo salía solo de la pequeña casa de muñecas por primera vez, venía a abrazarla y volvía a partir. Se puso a llorar de sorpresa y se arrodilló cerca de una de las ventanas para observar qué era lo que podía pasar entre Ken y su hijo.
El pequeño visitante hablaba al niño, y éste sonreía pareciendo comprenderle. El chiquillo se puso a dibujar mientras Ken cantaba con palabras que la madre no llegaba a comprender. Se animó y empezó a cantar con Ken, pero eran canciones en un lenguaje incomprensible, una lengua que la mujer, aunque instruida, jamás había oído.
Cuando cayó la noche, ella llamó al niño para que entrara a la casa. Ken, se dirigió hacia la puerta del jardín dispuesto a irse. Súbitamente, el niño comenzó a llorar, llamaba a Ken, pero la madre, confundida, no podía pedir a ese desconocido que se quedara con ellos.
Ella tomó entonces a su hijo en sus brazos y, desesperada, vio que su criatura volvía a estar exactamente como antes, sin reacciones, sin iniciativas.
Al día siguiente, el niño estuvo todo el tiempo silencioso, casi sin moverse, sólo se animó a la tarde cuando vio a Ken entrar nuevamente al jardín.
La madre comprendió que él era el único que podía tener influencia sobre su hijo como para curarlo. Intentó saber más sobre el joven desconocido, pero éste permanecía poco comunicativo. De pronto Ken la miró profundamente a los ojos, concentrando más poder en un instante del que emplearía un hipnotizador en una vida, y le contó una historia que la señora aceptó al momento. En efecto, la voz de Ken había bloqueado todas las facultades críticas de la mujer, y probablemente, uno de los seres invisibles que acompañaban al pequeño sanador había ido a posesionarse de uno de los centros  nerviosos de su interlocutora.
El viajero le mostró un papel de su bolsillo que había preparado para la ocasión. Ella lo leyó y le pareció encontrar la confirmación a la historia escuchada. Creyó leer que la tía de Ken lo enviaba a la ciudad, a la casa de una de sus hermanas, a la que ella no veía  desde  hacía largos años; pero según decía el jovencito, el edificio en el que aquélla vivía había sido destruido y reemplazado por oficinas municipales. Ken estaba entonces perdido y pedía albergue por el momento.
En realidad, el papel no tenía nada escrito, era sólo un trozo de hoja en blanco. La mujer había sido hipnotizada, y estaba lista para recibirlo bajo su techo. Toda su alma esperaba que este joven sanador pudiera curar a su hijo. Y así fue.
Ken se transformó en cadete de un comerciante a quien convenció de que tenía cinco años más que su edad real. Luego, llegó también a convencer a una dama de la alta sociedad para que abriera un curso de literatura en el cual, gracias a sus comentarios sobre la poesía inglesa, las jóvenes mujeres comenzaron a escribir obras de alta imaginación, sin darse cuenta un solo instante que era la voz de Ken la que despertaba en ellas las capacidades dormidas.
Comenzó a ganar dinero en gran cantidad hasta poder abrir una cuenta bancaria, gracias a un escribano a quien apenas tuvo necesidad de influir presentándole falsos certificados de nacimiento.
El viejo hombre, corto de vista, otorgó al adolescente una mayoría de edad suficiente como para recibir a cambio un puñado de oro y representarlo en los actos jurídicos y operaciones comerciales que éste planeaba emprender.
El joven abrió su primera sociedad en la que comercializó un sistema  inventado por él mismo, que permitía suprimir las neurosis por medio de la sugestión. Se trataba de un instrumento que amplificaba una vibración producida por un disco que daba vueltas en su mano. Era un pequeño cono que se aplicaba sobre zonas del cuerpo, chacras, puntos de acupuntura, como también en zonas que no representaban ni uno ni lo otro, zonas que la medicina china, aunque milenaria, también ignoraba. Este aparato permitía actuar sobre cualquiera de los dieciocho cuerpos y corregir problemas energéticos originados por los estados neuróticos.
Ken no se arriesgó a solicitar una patente de invención. Cualquier ingeniero industrial se hubiera dado cuenta de que este aparato funcionaba en obediencia a leyes que la civilización moderna todavía no había descubierto. Por suerte, los pacientes de Ken no eran ingenieros industriales, sino solamente gente que sufría e imploraba ser curada.
Cuando aparecieron el fonógrafo y los primeros discos Ken comenzó a ganar más dinero. Tenía entonces apenas quince años y componía en esa época canciones curativas. Sus discos, que eran puestos sobre los viejos tocadiscos a manivela, parecían cantados por una voz de tenor, pero Ken los había grabado él mismo a todos.
Las canciones podían parecer tristes o alegres y empleaban textos que no tenían nada de original para la época, pero los sonidos de la voz de Ken accionaban sobre el sistema óseo de los que escuchaban, creando masajes internos muy poderosos, a nivel de los cuerpos energéticos; y Ken trabajaba directamente en un chacra por medio del sonido.
Un aspecto de esa voz tenía el poder de convocar seres invisibles. La mayoría de las veces eran seres de una jerarquía refinada que operaban invisiblemente en el espíritu y la mente de sus  oyentes. Ninguno de éstos imaginaba que esos discos de moda, tan triviales, obraban en su cerebro, y que sus dieciocho cuerpos tenían una multitud de pequeñas inteligencias curativas. Los que escuchaban, cantaban y repetían las melodías, dando así más fuerzas a sus sanadores invisibles.
Ken aumentó su fortuna de una manera considerable cuando terminó la puesta a punto de un amplificador de voz del que produjo un solo ejemplar. Se presentó en un diario dedicado a la agricultura, y haciéndose pasar por cadete de una empresa, hizo publicar un  anuncio que comunicaba que, gracias a la tecnología aplicada para su fabricación, y a la más pura tradición chamánica, este aparato hacía llover. Ofrecía él sus servicios para combatir la sequía. Inocentemente, con un deseo mágico, algunos agricultores preocupados pidieron probar el aparato y los servicios ofrecidos. El aviso afirmaba que el pago se haría sólo en caso de tener éxito.
El joven Ken llegó en un vetusto carro, vestido con un traje sobrio  que  le agregaba unos años más. Sacó  su  material, lo aseguró sobre su trípode, pidió al agricultor que se alejara y encendiera un fuego en el cual quemaría el paquete de hierbas que Ken le había dado.
Efectivamente, el agricultor había puesto toda su atención en las hierbas que Ken había arrancado al azar por el camino, y se interesaba un poco menos en las actividades del recién llegado. Ken realizaba diferentes rituales sobre el aparato e iba lanzando sonidos extraños que el portavoz amplificaba. Ninguna persona hubiera podido decir si se trataba de un pájaro desconocido, de una máquina que se destruía, o de un ser humano que sufría. Pero ante los campesinos asombrados, las nubes se acumularon, el viento sopló, el cielo se cubrió, y, en menos de media hora, la lluvia cayó.
El joven volvía cargado de dólares y cada vez con más mercadería que revendía en la ciudad. El máximo poder de Ken operaba sobre la multitud.
Se convirtió en escritor, impresor y vendedor de sus propios libros. Siempre se hacía pasar por empleado de una empresa de la cual era, realmente, el único propietario, gerente y trabajador. Si escribía sobre cocina y hacía un libro de recetas, combinaba los alimentos de tal manera que tenían un valor curativo a la vez que gastronómico. Si escribía un libro científico, debía poner mucha atención porque su imaginación transportada por sonidos le dictaba las fórmulas y las leyes que la ciencia descubriría mucho después.
Una vez se le escapó un escrito tecnológico muy avanzado, pero se dio cuenta justo a tiempo de su error y decidió cambiar la
portada, imprimiendo encima de la línea del título la frase: “Libro de Ciencia Ficción”.
Cuando alguien leía uno de esos libros le parecía oír una voz que le leía al oído. En efecto, los libros de Ken eran... criaturas vivientes. Ellos eran como sonidos congelados en formas, pero siempre listos para convertirse nuevamente en sonidos comprensibles cuando una mente imaginativa los recibiese.
Aquel que quería aprender, aprendía mejor. Aquel que compraba un libro para soñar, soñaba más constructivamente y se modificaba. Aquel que compraba uno de esos libros para aprender a construir una casa, lo aprendía, y sin saberlo, era orientado hacia una arquitectura bioenergética, donde los materiales están en total armonía. Una casa construida según sus planos permitía poner el cosmos en relación con la tierra, para mayor bien del hombre.
En poco tiempo, Ken amasó una gran fortuna, haciendo inversiones con el poder que había recibido en herencia. Se convirtió en un adulto de veinte, luego de treinta, y después  de  cincuenta años, viviendo aventuras extraordinarias. Era como un hombre invisible,  alguien que pasaba inadvertido. Ése era su principio y su obligación. Él representaba el saber de otras dimensiones y no tenía derecho a provocar confusión entre el hombre y ese saber. Prefería que la lógica de la humanidad continuara funcionando en el vacío, atribuyendo a la publicidad aquello que en realidad se debía a palabras de poder disimuladas en la imagen: creer que es un fertilizante el que acelera el crecimiento de las plantas, en lugar de suponer que son las inteligencias invisibles convocadas por la bendición hecha sobre el fertilizante.
Ken encarnaba ese principio de todos los iniciados: no puede haber una alta iniciación sin una profunda humildad. Así  logró ejercer una acción profunda pero invisible sobre la humanidad, y decidió un día vivir mucho más cerca de la naturaleza: encontró un lugar que la naturaleza hacía vibrar. Eligió aquel sagrado lugar indígena.
Cuando visitaba las cavernas con los muros pintados, los cantos sutiles del pasado respondían a los cantos secretos que él les
lanzaba. Ken descubrió así que había podido vivir entre las almas descarnadas siglos antes. Sintió una profunda armonía entre él y ese acantilado.
Como no quería ningún intruso, hipnotizó a algunos obreros mexicanos a los que condujo en barco hasta esa playa, luego les proporcionó él mismo los materiales, con su helicóptero, hasta el más mínimo necesario. Los obreros estaban convencidos de estar trabajando  en  algún otro lugar de México, mientras que en realidad estaban en California. Su patrón pasaba por un extraño mexicano de ojos azules, aunque se trataba de un canadiense. Cuando terminaron los trabajos y volvieron a partir cada uno con una fuerte suma de dinero, olvidaron toda la historia y se les borró hasta el último recuerdo de ese loco que quería vivir a solas sobre un acantilado.
Ese mismo loco, de quien yo sabía que era un gran iniciado (así  me lo había enseñado el Magister Liroluvilui en nuestra última comunicación), me hacía ahora el honor de recibirme y tomarme como discípulo exactamente por setenta y dos horas, según me había dicho. Eso quería decir que yo tenía un capital de tres días y noches para recorrer un camino que buscaba desde hacía treinta años.
Ken me aclaró que esas setenta y dos horas serían divididas en varias entrevistas en las cuales él no iba a repetir dos veces las mismas ideas y ni siquiera las mismas palabras. Eso implicaba que yo dispusiera de la más profunda concentración que hubiera podido tener jamás. Finalmente me recomendó visitar a varios iniciados que él mismo me indicaría, y después pude comprobar que, pese a la brevedad de los contactos, la coordinación que iba a hacer Ken de mi peregrinaje iniciático iba a durar varios meses.
Hubo veces que necesitó ir y volver en helicóptero para beneficiarme con una entrevista de apenas treinta minutos. Pero en ellas aprendí más que en muchas anteriores reencarnaciones. Gracias a Ken y a la influencia del Magister Liroluvilui.
 Trataré de reproducir ahora lo más fielmente posible las enseñanzas de Ken:
-Hubo un tiempo en que la comunicación entre los hombres y los seres invisibles se producía con fluidez. Los hombres hablaban  el  lenguaje de los pájaros, como lo dicen los textos de la Edad Media.Ahora han perdido ese lenguaje. Tantas son las necesidades cotidianas del hombre, que lograron volverlo sordo a los gritos de sus dieciocho cuerpos espirituales. Los idiomas son culpables de haber hecho involucionar a la humanidad; las sutiles palabras del sánscrito han degenerado, y sus descendientes se volvieron tan pesadas que dejaron de hacer mover los objetos energéticos que sus conceptos designaban. Sobrevivió un poco el hebreo,  pero  su  sentido mágico se  ha ocultado detrás de las fuerzas oscurantistas u orgullosas del hombre, que vuelven ciegos a los científicos respecto de la ciencia del mundo visible.
Nunca olvides que tu conciencia es como una semilla, mientras tu espíritu alcanza las alturas de las montañas.
¿Puede una semilla tomar conciencia de la montaña sobre la cual está creciendo? Nunca. Sólo podrá abrazar la luz del sol y bañarse en la energía de la tierra. Piensa en crecer, en transformarse en planta. Piensa  en reproducirse cuando el instinto de la naturaleza la persigue. Crea una familia de ingenuas semillitas. Luego, cuando ve a sus propios padres disecarse  y retornar a la tierra, se resigna a la muerte y los sigue frustrada por no haber descubierto la chispa de eternidad que dormía en ella. Si la semilla tomara  conciencia  de este ciclo alquímico, podría sospechar cuál es la potencia que mueve todo el universo, y lograría percibir un breve reflejo de Dios. Tú te comportas como esa semilla. Tus pies son como raíces y allí creces sin poder moverte; el bosque que te rodea es tu universo y ni sospechas del universo que rodea al bosque. Por este motivo, olvidas AL SUPERHOMBRE QUE DUERME EN EL HOMBRE DORMIDO. ¡Sal un poco de la prisión de tus sentidos! Tú eres tierra, como la roca y los campos fértiles. Esta tierra formada con las mismas moléculas que tú se transformó en tu sangre, hueso, carne y cerebro, mediante la otra alquimia de la alimentación. Tu cuerpo creó la inteligencia neuronal basada sobre los primitivos sentidos neuronales y sostenidos por los intercambios químicos del mismo cuerpo. Pero ningún gurú de la psicología ha podido todavía
explicar qué son, sencillamente, el amor, las emociones, el instinto, la fe, el genio o el poder de la mente. Es por haber olvidado que cada planta resume en ella no sólo los minerales de la tierra y el agua de las fuentes, sino también la energía invisible del cosmos y la sangre invisible que hace vivir a tu planeta.
El mayor error de la ciencia en particular y del hombre en general es haber olvidado que a cada mundo visible corresponde, tal como reflejo en un espejo, otro mundo, el invisible. Tienes que descubrir que nada ocurre en tu pequeño universo, el de tus sentidos neuronales, que no provenga de este mundo que tus sentidos desconocen. Luego, en un sin fin de causas/consecuencias, invariablemente regresa al mismo mundo invisible donde el hecho o la circunstancia saltó tal como un delfín del agua. Lo que las escuelas iniciáticas han hecho hasta ahora es justamente lo contrario de lo que han hecho las escuelas científicas. La ciencia trató de encerrar el universo entre los límites de la percepción, mientras la mística y el esoterismo intentaban expandir nuestras percepciones hacia los confines del cosmos, es decir, al infinito. Esta disparidad de dos caminos opuestos ha generado graves trastornos sociológicos como las barreras entre oriente-occidente, que son científico-religiosas. Esta dicotomía es causa de profundas líneas de fracturas en el hombre mismo: racional-irracional, y peor que todo lo anterior, la enfermedad mental misma. Este cáncer del alma resulta de una percepción fragmentada de la psiquiatría o, al menos, de la neuro-psiquiatría.
Quien estableció que la psique del hombre es sólo neuronal nos encaminó a pensar que la solución de la enfermedad sería, entonces, química. ¿Por qué desdeñar la idea de que la psique es de constitución binaria, a la vez neuronal y suficientemente bioenergética como para desorientar a los apóstoles científicos de lo visible? Quien lo admita comprenderá por qué el sólo hecho de tratar la kundalini de una persona depresiva puede lograr lo que ningún anti depresivo consiguió. Si el problema de un hombre es bioenergético, ¿no es incongruente esperar sanarlo con productos químicos? ¿e inversamente? ¿y no te parece evidente que si toda enfermedad física o mental es de doble índole, un tratamiento de una sola cualidad siempre fracasará?
¿Quieres una profecía apocalíptica intelectual? Si en pocos años tu Humanidad no llega a fundir en un mismo crisol la psicología con la parapsicología, las dos desaparecerán; por las mismas razones, que si un dictador loco separara definitivamente la especie masculina de la femenina, condenaría a la humanidad a su desaparición. Tampoco hay que hacer como los que definieron el consciente como “excremento del cuerpo neuronal”, y el inconsciente como “orgasmo del cuerpo espiritual”. Los dos tuvieron razón, pero confundieron el todo con la parte.
El hombre no es uno, sino dos. Si desdeñas el cuerpo físico, el ser que lo habita se irá pronto; si desdeñas el cuerpo bioenergético, el ser físico que lo transporta se enfermará y morirá después de largos e incomprensibles sufrimientos. En conclusión: si quieres evitar definitivamente tal crimen, debes entonces admitir que hay equivalencia de valor absoluta entre Psicología y Bioenergía; la segunda siendo la operadora oculta de la primera, que sólo tiene un valor semántico. El equilibrio mental del hombre es asunto de bioenergía y no más de lingüística. No cometas el mismo error  que  la epistemología que se auto condena por rehusarse a comprender la esencia de los  descubrimientos científicos, es decir, “la intuición”. La intuición es el susurro del ser bioenergético al oído intelectual del cuerpo neuronal. Las emociones son sus latidos y el genio, su goce. Todas las percepciones extrasensoriales son facultadas por algunos de los sesenta sentidos de sus dieciocho cuerpos, mientras los “poderes” tan deseados constituyen las capacidades físicas del ente bioenergético que todos contenemos.
Algunos propusieron imitar la sabiduría de los chamanes y se inyectaron algunas drogas para poder escapar de la cárcel de los sentidos... pero los paraísos creados eran más artificiales que lo que suponían. Un chamán que desea contactarse con el ser bioenergético que lo habita no utilizaría la parte química de la planta que sólo puede convenir al cuerpo neuronal. El que sabe, utiliza el espíritu de esa planta, es decir, su ser invisible, con cuerpo hecho de energías, que mora escondido en la planta misma. El chamán sabe, aunque no lo expresa, que para viajar en otras dimensiones se necesita que el ser invisible que todos escondemos pueda disociarse del ser tridimensional, es decir, de nuestro cuerpo neuronal. Éste era el secreto insoportable y mejor guardado del ocultismo.
Dentro de nosotros, en cada componente de nuestra humanidad tan narcisista, se esconden tantos seres invisibles como seres humanos. Estos seres tienen vida propia. ¿Nunca pensaste que cuando tu cuerpo degusta una sencilla manzana, hay dentro de ti otro ser que absorbe la energía de vida de esa manzana y que vive de esa fuerza invisible? La anatomía de este ser bioenergético se compone de siete órganos principales o pilares de la bioenergía, que es indispensable que conozcas desde ahora si quieres que el viaje de tu conciencia neuronal acabe en buen puerto dentro de ese ser interior. El cuerpo de tu habitante invisible está conformado por tus chacras, tus meridianos, tu kundalini, tus dieciocho cuerpos, tus cuatro fetos, tu glándula pineal y tu tercer ojo. Si quieres ser un buen médico del alma, recuerda que nada ocurrirá en tu cuerpo físico sin ser a la vez causa- consecuencia de alguna acción-reacción en ese ser invisible.
Acabo de leer en tu mente que deseas preguntarme de cuál energía estoy hablando: -Sí, de ella-, esa energía que se ha llamado,  según  las épocas y los países,“magnetismo universal”, “vril”, “prana”, “conciencia cósmica”, “orgón”, “feng shui”, “energía vital”, “espíritu santo” y, por qué no, “bio-energía”. ¿Es eso una idea que te molesta? Tú, que creíste siempre ser uno sólo, “uno mismo” como decías, descubres que eres “dos”...
¡Cuán terrible debe ser para ti! Querías ir al encuentro de tu Yo tal como Amundsen del Polo Sur...Así será. Pero si hay un Polo Sur es porque también existe un Polo Norte. Si tienes una personalidad cerebral en un cuerpo neuronal es porque también tienes y eres un cuerpo bioenergético. Nunca más podrás esperar que `conquistar tú Yo´ signifique volver consciente tú inconsciente, sino que querrá decir hacer trabajar en armonía tus dos cuerpos, tus dos seres y tus dos conciencias. Conquistar tú Yo significará, de ahora en adelante, emplear tus sesenta sentidos, nutrir a la vez los dos cuerpos, constantemente sanar al visible y al invisible; porque cada enfermedad que asole a uno de ellos será el reflejo del sufrimiento del otro. Deberás pensar con tus dos cerebros, y por fin... podrás comunicarte con el mundo invisible en general, porque el único traductor de tus intenciones neuronales hacia el mundo invisible será tu cuerpo y cerebro de bioenergía.
Comprende por fin que tu cerebro neuronal está sólo en contacto con el mundo que perciben tus cinco sentidos mientras que tu cerebro bioenergético es tan amplio como el Universo que refleja.
Nunca más, por ejemplo, intentarás ver a un ángel por el sencillo motivo de que ellos no tienen cuerpo y no lo necesitan para existir. Son pura energía inteligente. Si deseas verlos deberás pedirles hipnotizarte y mostrarse como tú querías percibirlos. Armado de este nuevo poder, que es apenas lo normal de todo  ser  completo,  deberás  reconsiderar  todos  tus conceptos, ideas y creencias sobre todos los temas que pensabas como importantes. Empieza por ejemplo por cambiar tu visión de los textos sagrados. Contesta a mi pregunta: ¿crees que llamamos así a textos históricos eventualmente destinados a reactivar alguna tradición en tu memoria? ¿o piensas que son textos verdaderamente vivientes? ¡Ponlos a prueba! Dios no necesita que creas en Él, sino que pruebes su poder.
¿Qué han hecho las religiones hasta ahora? Sólo han disimulado tan celosamente la verdadera sabiduría, que han  logrado perder el mensaje científico que los seres de otras dimensiones habían comunicado a través de los textos sagrados. Por instinto de supervivencia, los creadores de las religiones  han generado un poder social y político que logró, simultáneamente, “conservar” la letra mediante tradiciones tanto rigurosas como misteriosas, y “ocultar” el sentido bioenergético que vehiculizaban. Para poder leer estos mensajes debes abrir tu mente neuronal como  nunca  supiste hacerlo hasta ahora. Debes olvidar todo prejuicio, por ejemplo, hacia las palabras. Las palabras “Magia” y “Ocultismo” te dan miedo y te fascinan, pero la emoción del miedo, tal como todas las otras emociones en general, es de composición binaria. Viene en parte del cuerpo bioenergético y en parte del cuerpo neuronal. Reemplaza “Magia” y “Ocultismo” por “ciencia de  la  comunicación” y “operatividad de las  energías sutiles”. Para poder descifrar la ciencia energética escondida en varios textos sagrados de civilizaciones distintas, debes descubrir la clave única que ellos empleaban para describir una misma realidad. Estoy diciendo que una sura del Corán, una frase de las Vedas y un versículo de la Biblia o de la Tora pueden, a la vez, ser diferentes en la forma de expresarse y simultáneamente representar la misma energía, es decir, un ángel. Lo propio de todos los textos sagrados es que cada frase fue dictada por un ángel a un profeta y en ellas quedan grabadas los medios de volver a comunicarse con el mundo angelical, que es intemporal, independiente de las divisiones políticas y sociales. Es el verdadero legado del mundo invisible a vuestro mundo de humanos.
Evidentemente, sólo un medio de lectura del invisible puede permitir descubrir estas equivalencias. La parte ignorante de la humanidad llama a esto “clarividencia”. En realidad, la clarividencia es sólo la resultante de una combinación de varios de nuestros sesenta sentidos, y  su manifestación en la conciencia, una interferencia que se produce entre el cerebro bioenergético y la red neuronal. Para algunos una picazón en la mano significa el “sí” a una pregunta, mientras una depresión energética en el chacra coronario significa lo contrario. Este nivel de contestación binario que da el cuerpo bioenergético a las preguntas de la mente neuronal es sólo el primero de los tres niveles de contestación posibles. Pero es suficiente para revolucionar toda sabiduría humana por los siglos de los siglos. Los niveles siguientes son como paquetes de información arquetípica o metafórica para el segundo, y para  el  tercero, la percepción del más  alto plano causal, es decir, la visión profunda de los planos de Dios. Ellos permiten comprender la causa de todo lo que ocurre en nuestro mundo visible como consecuencia de alguna intención, decisión o movimiento gestado en el plano invisible.
Para que tu cuerpo neuronal pueda traducir un mensaje en un lenguaje directamente comprensible por tu ser invisible, debes utilizar varios medios vibratorios. Tu cerebro bioenergético tiene un gran defecto que es también una ventaja, depende de cómo lo emplees. Para él, PENSAR ES ACTUAR. Cuando un hombre es pesimista, sin darse cuenta, su cerebro neuronal da la orden a su cerebro bioenergético de captar una gran cantidad de esa energía de muerte que nos rodea a todos, (igualmente que la energía de vida). El mismo cerebro neuronal obliga al cerebro bioenergético a crear un puente de tipo psicotrónico, es decir, un canal energético producido por el poder de la mente, entre el puerto de entrada de la energía de muerte (cuarta y quinta vértebra lumbar) y, por ejemplo, el corazón. Cada vez que piensa negativamente, el hombre aspira más cantidad de energía de muerte. Sin que se dé cuenta, mediante la repetición diaria alternada con el sueño natural, dicho mecanismo se automatiza, es decir, se vuelve habitual, aunque hayamos dejado de activarlo. Día tras día, noche tras noche, el ser se envenena, haciendo crecer un cáncer de energía de muerte en el plano energético, sobre un órgano que parece sano en el plano físico.
 ¿Quién ganará? Depende de los acontecimientos. Si el hombre no cambia su forma de vida, si no estudia yoga o materias favorecedoras de la bioenergía, si no practica mentalismo y, por el contrario, constantemente desdeña a ese ser bioenergético que está envenenando, posiblememente muera. Si el hombre tiene mucha fe, se abrirán chacras en sus manos y en otros lugares del cuerpo, y captará mucha más energía de vida. Cuanto más tiempo tarde la humanidad en asumir esto, más tardará en  aprender a respetar la existencia de su ente bioenergético, y  este  último manifestará su desacuerdo con múltiples  dolencias. Es un problema  que  los  hombres  llamarán  en  el  futuro “Educación básica del arte de vida”. Si el hombre no aprende a interrumpir este puente y revertirlo, si se deja convencer de que debe morir de un ataque al corazón, así será... No porque debía ser así, sino porque lo quiso. Éste es el poder de sugestión que la sociedad condicionada ejercita sobre el cerebro neuronal del hombre, que tiene, además, un pésimo empleo de la relación entre los dos cerebros. Comprendes entonces el fundamento del pensamiento positivo. PENSAR ES ACTUAR, pero sólo en el cerebro bioenergético, no en el neuronal. Así descubres por qué el cuerpo del hombre es producto de lo que come y el cerebro bioenergético, producto de lo que piensa.
Repentinamente,  Ken  suspendió  la  charla y me mostró  la tapa de un libro que me hizo imaginar algo escrito por mí sobre el tema de los dos cerebros. Me fui asombrado, siempre me había parecido que el peso de un cerebro era difícil de asumir por un hombre, ¡pero dos!...
“LEA TODO EL LIBRO EN SU PLATAFORMA DIGITAL HABITUAL”

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